viernes, 29 de noviembre de 2013


BIENVENIDO A CASA     SANTIAGO MARCELO V


Doña Toñita se levantó de la silla, camino unos pasos al frente y abrió la ventana que da a la calle principal,  corrió las cortinas y al instante se coló un airecillo fresco de ese que se siente por las mañanas cuando el sol empieza a alborear el alba, un halo de luz ilumino la mesa pequeña que había en el centro de la habitación, se notaba a simple vista que la casa estaba vieja y olvidada, el color de las paredes ya no se veía si era azul o verde, en  muchas partes ya ni siquiera eso se notaba, la mayoría de los muebles eran de madera tipo colonial,  tallados a mano  al color de la madera con que fueron hechos,  se notaba  que era finos  y elegantes, pero muy viejos.
Al otro lado de la habitación, junto a la puerta principal se encontraban dos sillones  grandes cubiertos con una sábana blanca como simulando una funda y frente a ellos un mueble con una televisión grande, la más grande de su época, me refiero a la época de los sillones, de esas que eran en blanco y negro;  ya no funcionaba.  Y justo a un lado de la televisión, colgado en la pared, un cuadro, era una fotografía  en blanco y negro, en ella se podía observar  cuatro personas dos adultos, hombre y mujer  acompañados de dos niños, un varón como de nueve años y una hermosa niña con unas transitas en el pelo que colgaban por ambos  lados,  de siete años  más o menos, a simple vista se notaba que la mujer adulta de la foto era doña Toñita, nada más que muchos años más joven, muy bella y elegante.
En el centro de la habitación, recibiendo los primeros rallos del sol,  se encontraba una mesita chica, bajita,  también de madera, de un color morado opaco con un mantel tejido a mano que simulaba una rosa y sobre este un tazón alto,  lleno de   rosas rojas, algunos  claveles blancos y dos  margaritas, tan coloridas y resplandecientes,  que hacían que toda la vivienda cobrara vida y  se  contagiara de la luz del sol del nuevo amanecer.
Doña Toñita se acercó nuevamente a la silla  junto al comedor, donde la aguardaba una taza humeante de chocolate y en otro plato unas piezas de pan casero, de ese que hacen en algunos lugares todavía. Dispuesta a tomar su desayuno que  ella misma preparo, pues vivía sola desde hacía muchos años, levanto su taza y al intentar darle un sorbo;  toc, toc, toc, alguien llamo a su puerta golpeando un tanto fuerte.
Sobresaltada pego un brinco que por poco hace que  tire la taza, y sorprendida se preguntaba ¿quién podría tocar a su puerta? hacía mucho tiempo que nadie la visitaba, un tiempo atrás solo los vecinos se preocupaban por ella pero de un tiempo a la fecha, ni ellos, así que poniéndose de pie se encamino a la puerta principal, jalo el cerrojo y la abrió con un poco de dificultad, desde ahí se podía observar el exterior de la casa, un jardín muy bien cuidado con rosales llenos de flores, claveles, margaritas entre otros, todo podado y muy limpio, se notaba que estaba  cuidado con esmero, como si este fuera el centro de toda su larga existencia, doña Toñita atravesó el jardín llegando a la reja principal, se paró frente a ella y sin darle importancia pudo ver a través de sus oxidados barrotes un hombre  como de 47 años, bigote, barba y pelo tupido, flaco, no muy alto, con una maleta al hombro y que al mirarla pregunto.
-          ¿Es usted doña Antonia Santos?
-          Si. Contesto sin mirarlo de frente, -¿que se le ofrece? Pregunto un tanto enojada y con mucha dificultad.
Haciendo un gran silencio y mirándola fijamente en la cara dijo pausadamente.
-          Mire doñita,  vengo de muy lejos  y ando buscando a un buen amigo mío.  Y  sacando un papel de la bolsa del pantalón le dijo.  Aquí en este papel traigo anotado su nombre y esta dirección, debo confesar que no estaba seguro de encontrarla, pues este papel me lo dieron hace quince años.
En ese momento un fuerte estremecimiento embargo el frágil cuerpo de Toñita y como si  acabara de salir de un sueño,  recordó a su hijo Ricardo y un cumulo de pensamientos se postro en su mente por aproximadamente cinco segundos.
Recordó cuan feliz era hacía ya veinte años, se vio en el comedor, pulido y brillante como una loza, comiendo con su familia. Su esposo don Juan cumpliría los cincuenta y ocho años en el mes próximo, faltaban solo diez días  y tanto ella como su hija Regina planeaban que preparar de comer para festejar el acontecimiento.
-          Haremos una barbacoa de borrego. Decía Regina.
-          No. Contesto Toñita. Como es un día especial, prepararemos lo que tanto le gusta tu padre, un mole de guajolote con unos tamales nejos como se acostumbra en nuestro bello Chichihualco, ¿tu qué opinas Juan?
-          Me parece bien mujer. Dijo don Juan. Si quieren el domingo próximo vamos a Chilapa a comprar los guajolotes, y de paso aprovechamos para ir a comer pozole, dicen que allá lo preparan muy sabroso, que opinan.
-          Estaría bien Juan, pero el domingo tenemos que asistir a la misa del cabo de año del compadre  Luis. Dijo Toñita.
-          Entonces, contesto don Juan, ustedes van a acompañar a la comadre y yo madrugo rumbo a Chilapa, que me acompañe Ricardo, dirigiendo la mirada hacia él.
-          Discúlpame papa, dijo Ricardo rápidamente, pero, el sábado quede de acompañar a mi novia Laura a la boda de  su amiga Tere y pues bueno,  aprovecho para pedirles permiso por qué voy a llegar un poco tarde.

-          No te preocupes hijo  iré solo, contesto don Juan, y  gracias por avisar que llegaras tarde, yo sé que ya no es necesario que a tus 26 años  todavía pidas permiso, pero aprecio mucho que lo sigas haciendo, también que te preocupes por tu madre y por mí, no saben lo orgulloso que me siento de que sean mis hijos, dijo dirigiéndose a Regina, si algún día llego a faltar, cuiden mucho a su madre, y sepan que ustedes junto con su madre son todo para mí.
-          Que cosas dices papa, dijo Regina apunto de soltar el llanto, te amo tanto que de solo pensarlo se me enchino la piel.
Y acercándose a él le dio un beso en la mejilla, abrazándose ambos por un instante.
-          Pero bueno, dijo don Juan, alegren esas caras que no tengo planeado morir todavía.
Todos se soltaron en risa al mismo tiempo.

Al domingo siguiente, muy de madrugada, don Juan  salió para Chilapa  en  su camioneta, una pick-up  blanca propiedad de  la empresa minera donde trabajaba. Pasaron las horas ya cerca de las once de la mañana, Toñita salía  de la iglesia donde había asistido a misa. En la puerta principal la aguardaba  Ulises, el comandante de la policía local y buen amigo de la familia, su rostro  reflejaba un pesar que al mirarlo  de inmediato supo que algo no andaba bien.
-          Buenos días Doña Toñita, disculpe la molestia pero necesito hablar con usted, dijo Ulises.
-          ¿Qué pasa Ulises?, me asustas, dime  ¿hizo algo malo mi muchacho?
-          No Toñita, contesto, y haciendo una pausa dijo, es por Juan.
El rostro de Toñita ya estaba pálido como la cera.
-          Que sucede Ulises, dime por favor, está bien Juan?
-          Lamento mucho ser yo quien tenga que darle esta triste noticia, pero Juan tuvo un terrible accidente antes de llegar a Chilpancingo y,  desafortunadamente, falleció.
Toñita al igual que Regina cayeron  un una profunda crisis de llanto que con mucho trabajo Ricardo las ayudo a superar y acompañados por toda la gente del pueblo, al día siguiente se llevó a cabo el funeral de don Juan.
A partir de ese momento Toñita ya no volvió a ser la misma, tardo muchos meses en superar el dolor que sentía. Poco a poco este fue pasando y con ayuda de sus hijos al cabo de un año parecía volver la calma, fue en ese año precisamente que Regina termino su carrera en educación preescolar y le asignaron una plaza de maestra en la comunidad de Atenango del Rio, donde conoció a Rubén un joven maestro de primaria del cual se enamoró casándose a los pocos meses. Se quedaron a vivir en esa comunidad y sus visitas a  Chichihualco a ver  a su mama fueron cada vez más escasas.
Pero aunque Toñita sintió en un principio el abandono de su hija, comprendió que debía seguir con su vida al lado de su hijo Ricardo quien a cada rato le decía que él nunca la abandonaría y le profesaba un inmenso amor que le daba fuerzas y ánimos de seguir adelante con su vida. A  él le asignaron el empleo que tenía su papa antes de morir  pero con un sueldo mucho más bajo por  falta de experiencia, aun así cargo con todos los gastos de la casa. Y pasaron unos meses más.
Un  día, antes de la comida, Ricardo le comenta a su madre.
-          Mama, el sueldo que me pagan cada vez alcanza menos, creo que voy a dejar el empleo y buscar por otro lado.
-          No te desesperes hijo, contesto Toñita, yo creo que para los dos es suficiente.
Agachando la mirada Ricardo contesto.
-          Perdona mama que te diga esto, pero Laura ya quiere que nos casemos y yo no he podido ahorrar nada de dinero, y pues, me ofrecieron un trabajo por seis meses en Estados Unidos y  con lo que me van a pagar me alcanza para la boda.
-          Pero hijo, no es necesario que te vayas tan lejos, si quieres puedes vender el terrenito que sembraba  tu papa, a nosotros ya no nos sirve, dijo Toñita con un nudo en la garganta.
-          No mama, esta casa y el terrenito es con lo único que cuentas, déjame intentarlo, ya hable con Laura y vendrá todos los días por las tardes a hacerte compañía para que no te sientas sola, seis meses se pasan rápido, ya verás.
Fue en vano el intento de Toñita de detenerlo, dando un beso en la frente Ricardo partió para Estados Unidos con la ilusión de salir adelante y juntar el dinero para su boda.
Ocho días después  Laura recibió un telegrama donde le informaba que ya se encontraba trabajando en los Ángeles California y que pronto se comunicaría nuevamente con ella, corrió a avisar a Toñita con quien pasaba la mayor parte de su tiempo libre y las dos lloraron de alegría.
Pero pasaron los días, dos semanas,  un mes, muchos más y jamás volvieron a tener noticias de Ricardo, Laura preguntaba con conocidos que venían de Estados Unidos y nada, y así fueron pasando los años, Laura ya poco visitaba a Toñita hasta que un día ya no volvió. Toñita se enteró después que Laura  se fue a vivir a Chilpancingo y allá se casó. Y de Regina tampoco supo nada.
Su cara se llenó de una enorme  tristeza,  toda la semana se la pasaba encerrada en  su casa,  solo el domingo salía a misa y después a la casa de correos para ver si no había llegado carta para ella, pero jamás llego nada. Se hizo huraña, cuando caminaba por las calles no contestaba el saludo de la gente, caminaba con la mirada perdida en el piso con pasos lentos, poco a poco la gente se fue acostumbrando a ella  muchos la esperaban a la salida de la iglesia para darle algo para comer, algunos le daban, queso seco, tortillas, frijol y a veces dinero que ella recibía sin alzar la mirada, callada, cabizbaja.
Por eso cuando aquel hombre toco a su puerta y después de ese corto tiempo en que por cinco segundos  Toñita recordó todo esto,  regreso a la realidad y subiendo la mirada rápidamente la postro en el rostro  de aquel hombre  que se encontraba en su puerta y con voz entrecortada dijo.
-          Usted conoció a…¿Ricardo?
Dos lágrimas aparecieron en su cansado rostro, y sin parpadear siquiera dijo.
-          ¿Eres tú?
-          Si madre, contesto, soy yo, tu hijo Ricardo que nunca ha dejado de pensar en ti  un solo instante en estos quince años.

A punto de desfallecer, Toñita quito el cerrojo  abrió la reja y cayo desmallada en los brazos de su hijo.
-          Mama, mama, grito desesperado Ricardo dando un beso en su frente. En ese momento Toñita abrió los ojos.
-          Hijo mío por un momento creí que todo había sido un sueño, bendito sea Dios por este milagro de volver a verte.
Y abrazados, muy despacio  atravesaron juntos el jardín lleno de flores y justo a la mitad Toñita se paró frente a Ricardo y extendiendo los brazos dijo.
-          Hijo, bienvenido a casa.




 FIN.