BIENVENIDO A CASA SANTIAGO
MARCELO V
Doña Toñita se levantó de la
silla, camino unos pasos al frente y abrió la ventana que da a la calle
principal, corrió las cortinas y al instante se coló un airecillo fresco de ese que se siente por las mañanas
cuando el sol empieza a alborear el alba, un halo de luz ilumino la mesa
pequeña que había en el centro de la habitación, se notaba a simple vista que
la casa estaba vieja y olvidada, el color de las paredes ya no se veía si era
azul o verde, en muchas partes ya ni
siquiera eso se notaba, la mayoría de los muebles eran de madera tipo colonial, tallados a mano al color de la madera con que fueron hechos, se notaba
que era finos y elegantes, pero
muy viejos.
Al otro lado de la habitación,
junto a la puerta principal se encontraban dos sillones grandes cubiertos con una sábana blanca como
simulando una funda y frente a ellos un mueble con una televisión grande, la más
grande de su época, me refiero a la época de los sillones, de esas que eran en
blanco y negro; ya no funcionaba. Y justo a un lado de la televisión, colgado en
la pared, un cuadro, era una fotografía
en blanco y negro, en ella se podía observar cuatro personas dos adultos, hombre y
mujer acompañados de dos niños, un varón
como de nueve años y una hermosa niña con unas transitas en el pelo que
colgaban por ambos lados, de siete años
más o menos, a simple vista se notaba que la mujer adulta de la foto era
doña Toñita, nada más que muchos años más joven, muy bella y elegante.
En el centro de la habitación,
recibiendo los primeros rallos del sol,
se encontraba una mesita chica, bajita, también de madera, de un color morado opaco
con un mantel tejido a mano que simulaba una rosa y sobre este un tazón alto, lleno de rosas rojas, algunos claveles blancos y dos margaritas, tan coloridas y
resplandecientes, que hacían que toda la
vivienda cobrara vida y se contagiara de la luz del sol del nuevo
amanecer.
Doña Toñita se acercó nuevamente
a la silla junto al comedor, donde la
aguardaba una taza humeante de chocolate y en otro plato unas piezas de pan
casero, de ese que hacen en algunos lugares todavía. Dispuesta a tomar su
desayuno que ella misma preparo, pues
vivía sola desde hacía muchos años, levanto su taza y al intentar darle un
sorbo; toc, toc, toc, alguien llamo a su
puerta golpeando un tanto fuerte.
Sobresaltada pego un brinco que
por poco hace que tire la taza, y
sorprendida se preguntaba ¿quién podría tocar a su puerta? hacía mucho tiempo
que nadie la visitaba, un tiempo atrás solo los vecinos se preocupaban por ella
pero de un tiempo a la fecha, ni ellos, así que poniéndose de pie se encamino a
la puerta principal, jalo el cerrojo y la abrió con un poco de dificultad,
desde ahí se podía observar el exterior de la casa, un jardín muy bien cuidado
con rosales llenos de flores, claveles, margaritas entre otros, todo podado y muy
limpio, se notaba que estaba cuidado con
esmero, como si este fuera el centro de toda su larga existencia, doña Toñita
atravesó el jardín llegando a la reja principal, se paró frente a ella y sin
darle importancia pudo ver a través de sus oxidados barrotes un hombre como de 47 años, bigote, barba y pelo tupido, flaco,
no muy alto, con una maleta al hombro y que al mirarla pregunto.
-
¿Es usted
doña Antonia Santos?
-
Si. Contesto
sin mirarlo de frente, -¿que se le ofrece? Pregunto un tanto enojada y con mucha
dificultad.
Haciendo un
gran silencio y mirándola fijamente en la cara dijo pausadamente.
-
Mire doñita, vengo de muy lejos y ando buscando a un buen amigo mío. Y sacando
un papel de la bolsa del pantalón le dijo.
Aquí en este papel traigo anotado su nombre y esta dirección, debo
confesar que no estaba seguro de encontrarla, pues este papel me lo dieron hace
quince años.
En ese momento un fuerte
estremecimiento embargo el frágil cuerpo de Toñita y como si acabara de salir de un sueño, recordó a su hijo Ricardo y un cumulo de
pensamientos se postro en su mente por aproximadamente cinco segundos.
Recordó cuan feliz era hacía ya
veinte años, se vio en el comedor, pulido y brillante como una loza, comiendo
con su familia. Su esposo don Juan cumpliría los cincuenta y ocho años en el
mes próximo, faltaban solo diez días y
tanto ella como su hija Regina planeaban que preparar de comer para festejar el
acontecimiento.
-
Haremos una
barbacoa de borrego. Decía Regina.
-
No. Contesto
Toñita. Como es un día especial, prepararemos lo que tanto le gusta tu padre,
un mole de guajolote con unos tamales nejos como se acostumbra en nuestro bello
Chichihualco, ¿tu qué opinas Juan?
-
Me parece
bien mujer. Dijo don Juan. Si quieren el domingo próximo vamos a Chilapa a
comprar los guajolotes, y de paso aprovechamos para ir a comer pozole, dicen
que allá lo preparan muy sabroso, que opinan.
-
Estaría bien
Juan, pero el domingo tenemos que asistir a la misa del cabo de año del
compadre Luis. Dijo Toñita.
-
Entonces,
contesto don Juan, ustedes van a acompañar a la comadre y yo madrugo rumbo a
Chilapa, que me acompañe Ricardo, dirigiendo la mirada hacia él.
-
Discúlpame
papa, dijo Ricardo rápidamente, pero, el sábado quede de acompañar a mi novia
Laura a la boda de su amiga Tere y pues bueno, aprovecho para pedirles permiso por qué voy a
llegar un poco tarde.
-
No te
preocupes hijo iré solo, contesto don
Juan, y gracias por avisar que llegaras
tarde, yo sé que ya no es necesario que a tus 26 años todavía pidas permiso, pero aprecio mucho que
lo sigas haciendo, también que te preocupes por tu madre y por mí, no saben lo
orgulloso que me siento de que sean mis hijos, dijo dirigiéndose a Regina, si
algún día llego a faltar, cuiden mucho a su madre, y sepan que ustedes junto
con su madre son todo para mí.
-
Que cosas
dices papa, dijo Regina apunto de soltar el llanto, te amo tanto que de solo
pensarlo se me enchino la piel.
Y acercándose a él le dio un beso
en la mejilla, abrazándose ambos por un instante.
-
Pero bueno,
dijo don Juan, alegren esas caras que no tengo planeado morir todavía.
Todos se soltaron en risa al
mismo tiempo.
Al domingo siguiente, muy de
madrugada, don Juan salió para Chilapa en su
camioneta, una pick-up blanca propiedad
de la empresa minera donde trabajaba.
Pasaron las horas ya cerca de las once de la mañana, Toñita salía de la iglesia donde había asistido a misa. En
la puerta principal la aguardaba Ulises,
el comandante de la policía local y buen amigo de la familia, su rostro reflejaba un pesar que al mirarlo de inmediato supo que algo no andaba bien.
-
Buenos días
Doña Toñita, disculpe la molestia pero necesito hablar con usted, dijo Ulises.
-
¿Qué pasa
Ulises?, me asustas, dime ¿hizo algo
malo mi muchacho?
-
No Toñita,
contesto, y haciendo una pausa dijo, es por Juan.
El rostro de Toñita ya estaba pálido
como la cera.
-
Que sucede
Ulises, dime por favor, está bien Juan?
-
Lamento
mucho ser yo quien tenga que darle esta triste noticia, pero Juan tuvo un
terrible accidente antes de llegar a Chilpancingo y, desafortunadamente, falleció.
Toñita al igual que Regina
cayeron un una profunda crisis de llanto
que con mucho trabajo Ricardo las ayudo a superar y acompañados por toda la
gente del pueblo, al día siguiente se llevó a cabo el funeral de don Juan.
A partir de ese momento Toñita ya
no volvió a ser la misma, tardo muchos meses en superar el dolor que sentía. Poco
a poco este fue pasando y con ayuda de sus hijos al cabo de un año parecía
volver la calma, fue en ese año precisamente que Regina termino su carrera en
educación preescolar y le asignaron una plaza de maestra en la comunidad de
Atenango del Rio, donde conoció a Rubén un joven maestro de primaria del cual
se enamoró casándose a los pocos meses. Se quedaron a vivir en esa comunidad y
sus visitas a Chichihualco a ver a su mama fueron cada vez más escasas.
Pero aunque Toñita sintió en un
principio el abandono de su hija, comprendió que debía seguir con su vida al
lado de su hijo Ricardo quien a cada rato le decía que él nunca la abandonaría
y le profesaba un inmenso amor que le daba fuerzas y ánimos de seguir adelante
con su vida. A él le asignaron el empleo
que tenía su papa antes de morir pero
con un sueldo mucho más bajo por falta
de experiencia, aun así cargo con todos los gastos de la casa. Y pasaron unos
meses más.
Un día, antes de la comida, Ricardo le comenta a
su madre.
-
Mama, el
sueldo que me pagan cada vez alcanza menos, creo que voy a dejar el empleo y
buscar por otro lado.
-
No te
desesperes hijo, contesto Toñita, yo creo que para los dos es suficiente.
Agachando la mirada Ricardo contesto.
-
Perdona mama
que te diga esto, pero Laura ya quiere que nos casemos y yo no he podido
ahorrar nada de dinero, y pues, me ofrecieron un trabajo por seis meses en
Estados Unidos y con lo que me van a
pagar me alcanza para la boda.
-
Pero hijo,
no es necesario que te vayas tan lejos, si quieres puedes vender el terrenito
que sembraba tu papa, a nosotros ya no
nos sirve, dijo Toñita con un nudo en la garganta.
-
No mama,
esta casa y el terrenito es con lo único que cuentas, déjame intentarlo, ya
hable con Laura y vendrá todos los días por las tardes a hacerte compañía para
que no te sientas sola, seis meses se pasan rápido, ya verás.
Fue en vano el intento de Toñita
de detenerlo, dando un beso en la frente Ricardo partió para Estados Unidos con
la ilusión de salir adelante y juntar el dinero para su boda.
Ocho días después Laura recibió un telegrama donde le informaba
que ya se encontraba trabajando en los Ángeles California y que pronto se
comunicaría nuevamente con ella, corrió a avisar a Toñita con quien pasaba la
mayor parte de su tiempo libre y las dos lloraron de alegría.
Pero pasaron los días, dos
semanas, un mes, muchos más y jamás
volvieron a tener noticias de Ricardo, Laura preguntaba con conocidos que
venían de Estados Unidos y nada, y así fueron pasando los años, Laura ya poco
visitaba a Toñita hasta que un día ya no volvió. Toñita se enteró después que
Laura se fue a vivir a Chilpancingo y allá
se casó. Y de Regina tampoco supo nada.
Su cara se llenó de una enorme tristeza,
toda la semana se la pasaba encerrada en
su casa, solo el domingo salía a
misa y después a la casa de correos para ver si no había llegado carta para
ella, pero jamás llego nada. Se hizo huraña, cuando caminaba por las calles no
contestaba el saludo de la gente, caminaba con la mirada perdida en el piso con
pasos lentos, poco a poco la gente se fue acostumbrando a ella muchos la esperaban a la salida de la iglesia
para darle algo para comer, algunos le daban, queso seco, tortillas, frijol y a
veces dinero que ella recibía sin alzar la mirada, callada, cabizbaja.
Por eso cuando aquel hombre toco
a su puerta y después de ese corto tiempo en que por cinco segundos Toñita recordó todo esto, regreso a la realidad y subiendo la mirada rápidamente
la postro en el rostro de aquel hombre que se encontraba en su puerta y con voz
entrecortada dijo.
-
Usted conoció
a…¿Ricardo?
Dos lágrimas aparecieron en su
cansado rostro, y sin parpadear siquiera dijo.
-
¿Eres tú?
-
Si madre,
contesto, soy yo, tu hijo Ricardo que nunca ha dejado de pensar en ti un solo instante en estos quince años.
A punto de desfallecer, Toñita
quito el cerrojo abrió la reja y cayo
desmallada en los brazos de su hijo.
-
Mama, mama,
grito desesperado Ricardo dando un beso en su frente. En ese momento Toñita
abrió los ojos.
-
Hijo mío por
un momento creí que todo había sido un sueño, bendito sea Dios por este milagro
de volver a verte.
Y abrazados, muy despacio atravesaron juntos el jardín lleno de flores
y justo a la mitad Toñita se paró frente a Ricardo y extendiendo los brazos
dijo.
-
Hijo,
bienvenido a casa.
FIN.
Les dejo un cuento para sus ratos de ocio, saludos
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